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CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO CICLO «A»

RECIBIR A MARÍA Y A SU HIJO JESÚS, DIOS CON NOSOTROS

Primera Lectura (Is 7,10-14):

            Este texto forma parte de una unidad narrativa y teológica que abarca Is 7,1-8,20. La misma consta de un prólogo histórico (7,1-2) seguido por tres escenas (7,3-9; 7,10-17; 8,1-4) que tienen en común la presencia de un niño cuyo nombre tiene valor simbólico.

            Para comprender esta profecía hay que conocer su contexto histórico inmediato: la guerra siro-efraimita del 734/33 a C. (cf. 2Re 16). Siria y Efraín (Reino del norte) hacen una alianza militar y planean atacar la capital del Reino del Sur, Jerusalén, con la intención de derrocar a su legítimo rey, Acaz, lo cual supone un atentado contra la dinastía davídica. La reacción del rey y del pueblo es un profundo temor (cf. Is 7,3). Entonces interviene Isaías, quien invita a no tener miedo porque Dios es quien domina sobre las naciones estableciendo los reyes y le anuncia que va a fracasar totalmente el proyecto de Siria y Efraín contra Acaz. En 7,4a la exhortación es: tener calma y no temer; mientras que en 9b es: confiar (apoyarse) en el único fundamento sólido que es Dios.

En este contexto se entiende mejor la frase del profeta Isaías al rey Acaz al inicio del texto de hoy: “Pide para ti un signo de parte del Señor, en lo profundo del Abismo, o arriba, en las alturas» (Is 7,11).

La función del signo, que suele seguir a los anuncios divinos, es garantizar o confirmar esta palabra como dada por Dios (cf. Is 38,22ss; 37,30-32; Jue 6,36-40; Ex 3-4). Vale decir que Isaías quiere que el rey Acaz declare que ha creído al anuncio de Dios en favor suyo y le pida, entonces, el signo que lo confirma. Pero Acaz no quiere pedir el signo porque en el fondo no acepta el anuncio de Dios, no confía sólo en Él. Rechazar la ayuda divina es presunción y desconfianza bajo la apariencia de piedad por no querer tentar a Dios. Recordemos que Acaz es el continuador de la dinastía davídica y, por tanto, sujeto de la promesa de 2Sam 7,16. Su actitud incrédula y temerosa cansa a los hombres y a Dios. Entonces el texto resalta que es Dios mismo quien dará el signo, y tenemos entonces un clásico oráculo de anunciación: «la joven está embarazada y dará a luz un hijo, y lo llamará con el nombre de Emanuel» (Is 7,14).

En primer lugar, el oráculo habla de “la joven”. El término hebreo ha±almâ utilizado aquí puede significar tanto «muchacha» como «joven esposa». El contexto histórico, más la presencia del artículo (“la”), indican que se trata con mayor probabilidad de la joven esposa del rey que aún no ha tenido un hijo. La versión griega de la LXX lo traduce por párzenos (pa,rqenoj), que significa literalmente «virgen», y de aquí pasa a Mt 1,23 y a la tradición cristiana que lo aplica a la Sma. Virgen María.

Pues bien, esta joven «está embarazada y dará a luz un hijo. ¿Quién es este niño-signo? En un primer nivel de lectura se trata de Ezequías, hijo de Acaz y futuro rey de Judá. Lo confirma el contexto histórico pues el anuncio de la inminente liberación de Jerusalén invita a pensar en un acontecimiento próximo. Con esto coincide la cronología pues el nacimiento de Ezequías se calcula sucedió alrededor de los años 733/32 a. C. También el género literario apoya esta afirmación pues los anuncios de nacimiento siempre se refieren a personas concretas e históricas. Por tanto, Dios le anuncia a Acaz que un hijo suyo continuará la dinastía davídica a la que pertenece y de este modo confirma el fracaso del intento de derrocarlo por parte de Siria y Efraín.

Lo que llama la atención es el nombre del niño, en hebreo ±imm¹nû°¢l, que literalmente significa “con-nosotros-Dios”. Dado que se trata de una frase nominal (sin verbo) también podría traducirse como una invitación a la confianza: “Dios (está) con nosotros” o como una súplica: “Dios (esté) con nosotros”. Al igual que los nombres de los hijos de Isaías, su valor es simbólico e indica que esta presencia de Dios con los suyos es el signo o garantía del auxilio o liberación.

Segunda Lectura (Rom 1,1-7):

Como en todas sus cartas, San Pablo comienza presentándose como Apóstol de Jesucristo, elegido para anunciar el Evangelio. En el contexto litúrgico nos interesa mayormente la presentación que hace de Jesús en los versículos 3 y 4 identificándolo con el contenido del mismo Evangelio de Dios. Se trata, según los estudiosos, de una confesión de fe tomada por Pablo de la Tradición cristiana y que Pablo presenta desde el inicio para ganarse la confianza de los romanos, comunidad que no lo conoce personalmente. En primer lugar, considera a Jesús como el Hijo de Dios prometido por los profetas en las Sagradas Escrituras. En esta primera afirmación hay una implícita referencia a la pre-existencia de Cristo por cuanto viene a continuación completada con una referencia a su Encarnación al afirmar que «nació de la descendencia de David según la carne». Como bien dice U. Wilckens, «este es el documento de identidad del Hijo de Dios hecho hombre»[1].

Esta afirmación viene completada en un segundo miembro donde se presenta a Jesús «constituido Hijo de Dios con poder según el Espíritu santificador por su resurrección de entre los muertos». Al respecto dice U. Wilckens que «Pablo entiende la afirmación del segundo miembro de la fórmula no en el sentido de que Cristo se convirtió en Hijo de Dios en el momento de su resurrección, sino que Dios, como a Hijo suyo, le confió, desde su resurrección, la posición de poder del Soberano celeste (Flp 2,9-11; 1Cor 15, 23-28)»[2]. De modo semejante opina X. Alegre al decir que la expresión «en dynamei», con poder, es típica de san Pablo y “con este añadido evita, en su concepción teológica, que se pueda pensar que Jesús empieza a ser Hijo a partir de la resurrección. Lo que quiere indicar es que Jesús sólo actúa con poder absoluto a partir de la resurrección. Con este añadido, Pablo subraya que el hombre Jesús es, y continúa siendo, el Mesías de Israel en cuanto es el Hijo de Dios que, a partir de su resurrección, tiene el poder salvífico de abrir a todos los seres humanos, judíos y paganos, un modo nuevo de relación con Dios”[3].

Es decir, a partir de su resurrección y glorificación la filiación del hombre Jesús con respecto a Dios es íntegra y absoluta. La humanidad de Cristo, nacido del linaje de David según la carne, glorificada por obra del Espíritu Santificador en su resurrección, participa de la filiación eterna del Hijo de Dios[4]. Y como bien nota J. Fitzmyer, a partir de su resurrección Jesús resucitado tiene el poder de vivificar a todos los seres humanos[5]. De este modo, la humanidad glorificada de Jesús es causa y anticipo de nuestra propia glorificación. Este sería el alcance salvífico del Evangelio que Pablo predica.

Evangelio (Mt 1,18-24):

El capítulo primero del evangelio de Mateo es eminentemente cristológico pues ya desde el comienzo declara que intenta decirnos quién es Jesucristo revelándonos su origen: «Libro del origen de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán» (Mt 1,1). Jesucristo es “hijo de David, hijo de Abraham”, por tanto está inserto plenamente en el pueblo judío y cumple las esperanzas mesiánico-davídicas que anunciaron los profetas. Al respecto, notemos que José en el evangelio de hoy es llamado por el ángel ‘hijo de David’ pues tiene la misión de introducir a Jesús en la dinastía davídica (cf. 1,18-21) siendo su padre legal o adoptivo.

Ahora bien, Mateo quiere enseñar que Jesús es mucho más que el descendiente de David prometido por los profetas porque es el Hijo de Dios, y lo hace narrándonos cómo fue engendrado. Tanto el versículo 18 como el 25 insisten en la concepción virginal de Jesús. Ya antes en Mt 1,16 se utilizó un pasivo teológico para referirse al nacimiento de Jesús dejando en claro que José fue el esposo de María, pero no el padre biológico de Jesús. Ahora el v. 18 explica este hecho afirmando que, si bien María estaba desposada con José, quedó embarazada por obra del Espíritu Santo. Importa aclarar que Mateo, al decir que María estaba desposada con José pero que todavía no habían empezado a vivir juntos, está describiendo las costumbres propias de aquella época y cultura. En efecto, el matrimonio judío de entonces se realizaba en dos momentos. Primero tenían lugar los desposorios cuando se firmaba el «contrato matrimonial» y donde era fuerte la intervención de los padres pues la novia solía tener doce o trece años. Si bien todavía no convivían, a los efectos legales tenía el mismo valor que el matrimonio mismo; por ello la infidelidad en este período era considerada adulterio y estaba penada con el mismo castigo (cf. Dt 22,13-24). Al cabo de un tiempo tenía lugar el segundo momento que era el traslado formal de la esposa a la casa del esposo y comenzaban a vivir juntos.

El hecho narrado por Mateo sucedió en el ‘entretiempo’ entre estos dos momentos, pues claramente se señala que estaban desposados pero que todavía no convivían, no tenían vida en común. Por eso utiliza, al igual que Lc 1,27, el verbo mnesteuein (desposada, comprometida) para describir la relación entre José y María, evitando los verbos gamein y gamizein que significan claramente casarse. Entonces, dejando en claro que no tenían relaciones sexuales, Mateo informa al lector que la concepción de Jesús viene directamente de Dios, de la acción del Espíritu Santo cuya intervención, es, por tanto, creacional y no sexual.

El versículo 19 nos describe la reacción de José ante el embarazo de María. Notemos, en primer lugar, que en este versículo se precisa que José era «justo» y esto en Mateo – como en el AT – significa cumplidor de la voluntad de Dios manifestada en la ley; obediente a la ley de Dios. Y recordemos que en Dt 22,20-21 se establece la lapidación (ser apedreada) como castigo a la mujer desposada que no llega virgen al matrimonio y el esposo la acusa de adulterio. Por tanto, José, que no conoce el origen divino del niño, supone que María ha faltado a esta ley; pero al mismo tiempo parece que no termina de aceptarlo pues no quiere exponerla públicamente como manda la ley (tal sería el sentido de deigmatizein utilizado sólo aquí y en Col 2,15). La decisión de José, si tenemos en cuenta que el uso del verbo griego apolyein en Mateo (cf. 5,31-32; 19,3.7-9) es para referirse al repudio o divorcio, es divorciarse y despedir a María, pero en secreto. No sabemos si existía por aquellos tiempos esta costumbre del divorcio en privado, pero lo que más concuerda con el texto y con la época es que José la repudiaría como esposa sin denunciarla públicamente de adulterio, sino alegando otras razones. Podemos suponer que fue la única salida que encontró, ante esta inesperada y confusa situación, para obrar sin faltar a la Ley de Dios ni causar un perjuicio mortal a María. Sin duda era un hombre justo[6].

Otros autores, por su parte, piensan que la decisión de San José era abandonar en secreto a María como para cargar él con la culpa; y la motivación de su huída sería, no la sospecha sobre María, sino más bien su pavor o temor ante el misterio de la concepción virginal, por lo cual consideró que lo mejor era quitarse del medio para no entorpecer la obra de Dios en María[7]. Esta interpretación presupone que José conoce el origen divino de Jesús, pero según el texto esto le viene revelado después por el ángel (v. 20).

Entonces interviene Dios para disipar las dudas y temores de José. En efecto, en 1,20-21 nos dice que un ángel se le aparece en sueños y le revela lo que tiene que hacer: recibir-tomar a María como tu mujer, tu esposa (μὴ φοβηθῇς παραλαβεῖν Μαρίαν τὴν γυναῖκά σου·). Esto implica llevar a cabo el segundo momento del matrimonio judío: que el marido lleve a la esposa a su casa («tomó consigo a su mujer» παρέλαβεν τὴν γυναῖκα αὐτοῦ, en 1,24). Y la motivación o justificación de esta acción está en que María ha concebido por obra del Espíritu Santo, el embarazo es obra de Dios (cf. 1,18). Más aún, se le ordena ponerle al niño el nombre de Jesús cuyo significado según la etimología popular es «Dios Salva», de aquí la misión del niño. Los antiguos decían Nomen omen (el nombre conlleva una misión); así en Mt 1,21 se nos da el nombre y la misión de Jesús: “salvará a su Pueblo de todos sus pecados (σώσει τὸν λαὸν αὐτοῦ ἀπὸ τῶν ἁμαρτιῶν αὐτῶν)”. Además, según la ley judía, la imposición del nombre por parte del padre supone el reconocimiento legal del niño como hijo suyo. Por tanto, Dios le pide a José, hijo de David, que reconozca al niño como propio y de este modo lo incorpore a la descendencia davídica.

En los versículos 22-23 aparece la primera cita de cumplimiento: «Todo esto sucedió para que se cumpliese lo dicho por el Señor por medio del profeta». La cita de Is 7,14 que sigue está tomada de la versión de la LXX y por ello habla de “virgen” (h` parqe,noj); lo cual ha sido muy oportuna pues en ella aparecen juntas las dos filiaciones: la de David y la de Dios. Según A. Diez Macho[8] ni la virginidad de María, ni la imposición del nombre por José, ni la presencia de “Dios con nosotros” son meras deducciones de una exégesis sin consistencia; por el contrario, son realidades que Mateo intenta confirmar con un texto del Viejo Testamento, interpretado según una hermenéutica al uso. De esta manera la cita del AT confirma el hecho de la concepción virginal de Jesús como preanunciado por Dios; pero no lo explica. Al igual que las dos referencias anteriores a la concepción por obra del Espíritu Santo, el suceso en sí permanece en el misterio, solamente se excluye cualquier atisbo de generación sexual.

En los versículos 24-25 se nos relata cómo José, una vez despierto del sueño, cumple al pie de la letra lo que le fue ordenado por el ángel, es decir por el Señor. Era un hombre justo

En síntesis, en este texto se declara específicamente la filiación divina de Jesús, quien es presentado como el Enmanuel, Dios con nosotros; y como el Hijo de Dios. Esta identidad profunda de Jesús la atestigua la Escritura que se cumple en Él y la confirma la revelación del ángel del Señor.

Además de revelarnos quién es Jesús – «hijo de David» e «hijo de Dios» – esta narración nos explica cómo llegó a serlo. Así, es “hijo de David” por relación a su padre adoptivo, José, quien pertenecía a la familia de David, según quedó establecido en la genealogía. Es “hijo de Dios” porque fue concebido virginalmente, sin concurso de varón, por obra del Espíritu Santo. Por tanto, el sentido teológico profundo de la concepción virginal es que Dios actúa más allá de las posibilidades humanas por medio de su Espíritu Santo. Al no haber concurso de varón se resalta la paternidad absoluta de Dios sobre Jesús. Además, se indica que el nacimiento de Jesús marca el comienzo de algo totalmente nuevo y nos vuelve a remitir a la obra creadora de Dios de Gn 1.

Orientaciones para la homilía:

            En este cuarto domingo todas las lecturas están enfocadas hacia el Niño que nacerá, hacia Jesús, para revelarnos su verdadera identidad: es el Hijo de Dios. Como dice A. Nocent: «Hemos pasado al otro aspecto de la liturgia del Adviento: la espera de la Encarnación del Verbo»[9].

            El domingo pasado vimos cómo el mismo Juan el Bautista tuvo que purificar sus expectativas mesiánicas para que concuerden con el objeto de la esperanza cristiana. Este domingo se nos invita a proseguir por este camino para «sintonizar» con aquel que vendrá a nosotros. Es decir, se trata de esperar de verdad a quien verdaderamente viene a nosotros. Por eso las tres lecturas se centran en la persona y la misión de Jesús: Aquel que vendrá y Aquel a quien debemos esperar.

En la primera lectura, el profeta Isaías, en un momento dramático para Jerusalén, anuncia el nacimiento de un niño como signo de esperanza para el pueblo porque Dios está con ellos. La traducción griega de modo providencial consideró a la «joven doncella» como una «virgen que concibe» resaltando así la obra de Dios. De este modo se profetiza la concepción virginal de María.      San Pablo en su introducción a la carta a los romanos también señala el «doble origen» que determina la identidad de Jesús: hijo de David según la carne, según su origen humano (verdadero hombre); hijo de Dios según el Espíritu, según su origen Divino (verdadero Dios).

El evangelio nos narra el cumplimiento de la profecía de Is 7,14, señalando tanto la continuidad con el Antiguo Testamento como su superación por la novedad cristiana. El evangelista Mateo ve una continuidad entre Ezequías, el hijo de Acaz (el Enmanuel histórico) y Jesús, pues los dos son signo de la fidelidad divina a la promesa de salvación; pero también supone que en Jesús se cumple plenamente aquel oráculo o profecía mesiánica. Él es literalmente y en sentido pleno Enmanuel, Dios con nosotros.

En continuidad con el evangelio del domingo pasado recordemos que no esperamos de Dios la condenación, sino la salvación. Esto se refuerza en el evangelio de hoy con el nombre que, por indicación del ángel, se le pondrá al niño: Jesús, porque el salvará a su pueblo de sus pecados. Vale decir que el Enmanuel, Dios con nosotros, es Jesús, Dios que nos salva. El Enmanuel es Dios que viene a salvarnos.

La gran cuestión es si verdaderamente estamos experimentando la necesidad de esta salvación de Dios. El mundo parece no necesitarla y la desprecia. Pero en el fondo, ¿es realmente así? ¿Se siente profundamente feliz el corazón del hombre si sólo recibe regalos materiales y la bondad de papa Noel? ¿No desea algo más, no tiene necesidad de algo más? Por ello es tan importante «estar ubicados, parados, en el lugar por el cual el Señor pasará, al cual vendrá».

Para nosotros este lugar es la necesidad de ser salvados, de ser amados, de ser aceptados incondicionalmente. Hay que tener valor para entrar en lo profundo de nuestro corazón donde la necesidad de salvación se expresa con variadas voces que gritan a Dios con nombres diversos, pero que en el fondo claman sólo por Él. Si descubrimos que hay en nuestro corazón pecado, gritaremos pidiendo Su perdón. Si hay inquietud o angustia, pediremos la paz del corazón, la armonía interior. Si hay soledad, pediremos Su presencia, Su amor y Su consuelo. Este no es otro que el camino de las bienaventuranzas, de los pobres de espíritu a los que Jesús promete el Reino. Si habitamos allí, hasta allí llegará el Señor con sus dones de paz y alegría interior. Como nos dice Benedicto XVI: «La verdadera, la gran esperanza del hombre que resiste a pesar de todas las desilusiones, sólo puede ser Dios, el Dios que nos ha amado y que nos sigue amando «hasta el extremo», «hasta el total cumplimiento»» (Spe Salvi nº 27).  

La salvación no es sólo un hecho divino, es una Persona divina. Este es el objeto propio de nuestra esperanza cristiana. Esperamos al mismo Hijo de Dios, infinitamente más grande que nuestras aspiraciones y nuestros méritos. Vislumbrar un poco esto nos hace entrar en el terreno de la duda y del temor, como le sucedió a san José, hombre justo, pero que se sintió sorprendido y sobrepasado por el misterio de la Encarnación. Sin embargo, respondió con un gran acto de fe y de plena obediencia a la Palabra de Dios. Así, “el ejemplo de este hombre gentil y sabio nos exhorta a levantar la vista, a mirar más allá. Se trata de recuperar la sorprendente lógica de Dios que, lejos de pequeños o grandes cálculos, está hecha de apertura hacia nuevos horizontes, hacia Cristo y Su Palabra” (Papa Francisco, ángelus del 22 de diciembre de 2019).

Por tanto, el momento de oscuridad y confusión que pasó San José nos debe ayudar a dar un paso más en nuestra fe, sabiendo que el camino de salida está en escuchar y obedecer a Dios más allá de nuestras noches. Al respecto dice el Papa Francisco en Patris Corde n° 2: “La historia de la salvación se cumple creyendo «contra toda esperanza» (Rm 4,18) a través de nuestras debilidades. Muchas veces pensamos que Dios se basa sólo en la parte buena y vencedora de nosotros, cuando en realidad la mayoría de sus designios se realizan a través y a pesar de nuestra debilidad […] También a través de la angustia de José pasa la voluntad de Dios, su historia, su proyecto. Así, José nos enseña que tener fe en Dios incluye además creer que Él puede actuar incluso a través de nuestros miedos, de nuestras fragilidades, de nuestra debilidad. Y nos enseña que, en medio de las tormentas de la vida, no debemos tener miedo de ceder a Dios el timón de nuestra barca. A veces, nosotros quisiéramos tener todo bajo control, pero Él tiene siempre una mirada más amplia”.

En fin, bien podemos hacer nuestras las palabras que le dice el ángel a José: «no temas recibir a María». No temamos recibir a María y con Ella al Niño Dios. Si lo recibimos de las manos de María, desaparecen el temor y el temblor pues en María Dios se hace carne, se hace humano, se hace cercanía y ternura.

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

Quieras en mi alma nacer

Ensombrecían su jornada enmarañadas reflexiones

Preocupado José por pensamientos tortuosos

Llegaba su noche con dudas y cuestiones

Pero el cansancio venció el desvelo

Y en sueños, se pronunció su nombre

Habló el Ángel Gabriel, él disipó sus temores

Ah, la Palabra de Dios partió en dos

Aquellas espesas tinieblas

Y la paz llegó a su alma para aceptar la Promesa

María, la única. De la mañana, la Estrella

Tiene en su seno la obra del Espíritu

Como su esposa, cuidará de su hijo y de ella.

Todo sucedió para que lo escrito se cumpliera

Pondrá al Niño el nombre: Jesús

Lo había anunciado el Profeta

Te ruego Señor, entra en mis pensamientos

Despeja los temores de mi noche

Aparta la tortura en que estoy inmerso

Tu Palabra ilumine mis decisiones

Tal como lo hiciste con  José,

Cumpla yo tus mandatos con tu Gracia y tu Poder

Creo en ti: Dios con nosotros, el Emanuel

Despierto quiero esperarte, velando

No tardes Señor, quieras en mi alma nacer. Amen


[1] U. Wilckens, La carta a los Romanos vol. I (Sígueme; Salamanca 1997) 87.

[2] U. Wilckens, La carta a los Romanos vol. I (Sígueme; Salamanca 1997) 87.

[3] Carta a los Romanos (Verbo Divino; Estella 2012) 41.

[4] Cf. F.-X. Durrwell, Le Père. Dieu en son mystère (Paris 1993) 27-33; y CATIC n° 445.

[5] J. Fitzmyer, Romans (AB; Doubleday; New York 1993) 235.

[6] Sostiene y defiende esta postura con fuertes argumentos R. Brown, El nacimiento del Mesías, 124-127. Según este autor esta teoría fue sostenida en la antigüedad por Justino, Ambrosio, Agustín y Crisóstomo. Al respecto escribe J. Ratzinger, La Infancia de Jesús, 26: «lo que Mateo anticipa aquí sobre el origen del niño José aún no lo sabe. Ha de suponer que María había roto el compromiso y —según la ley— debe abandonarla. A este respecto, puede elegir entre un acto jurídico público y una forma privada: puede llevar a María ante un tribunal o entregarle una carta privada de repudio. José escoge el segundo procedimiento para no «denunciarla» (Mt 1,19). En esa decisión, Mateo ve un signo de que José era un «hombre justo»».

[7] Así pensaban ya San Jerónimo y san Efrén, a quienes sigue San Bernardo. Por esta postura se inclinan también, entre los modernos, L. H. Rivas, Jesús habla a su pueblo 2 (CEA; Buenos Aires 2001) 40 y A. Rodríguez Carmona, El Evangelio de Mateo (DDB; Bilbao 2006) 40.

[8] Alejandro Diez Macho, La historicidad de los evangelios de la infancia, 21-22.

[9] Celebrar a Jesucristo I (Sal Térrea; Santander 1987) 141.

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